.
No tardes… porque no sé caminar fuera de Ti, en aquellos caminos de la noche negra, cuando cae la oscuridad siniestra e inquietante, aunque de noche la luna brille y las estrellas centelleen.
Esta aflicción me parte el alma, al notar que no soy nada. Sin embargo, me lleno de alegría como un niño satisfecho, al saber que me llamas, porque piensas en mí, porque siempre me has tenido en tu mente, formando parte de tus planes.
Acudo a Tu llamada con mi ser pequeño, sin notar la grandeza de tus dones, y arropado por tu gracia divina..., me alientas; dando a mi alma fulgores de paz y alegrías.
Cómo no sentir en mí, Tu llama cálida, olvidándome de mí mismo en mi propio ser.
Traspasa mi vida, renace mi ser. Afloran alientos de esperanza en mí.
Grande eres, Dios mío amado, ya que todo lo has dispuesto con santa medida.
Me dices quien soy yo, sin saber nada de mí, más sí ahora que Tú estás en mí.
¡Cómo no amarte, cielo mío! ¡Como no alabarte, sol mío! ¡Como cantaba mi alma cuando me tenías junto a Ti! No podría separarme aunque el tiempo apremiase; porque en Ti, el tiempo se detiene y se esparce...., y cantares del alma me llaman a servirte, como campanas de gloria, en tu regazo divino.
Renacer por siempre quiero, con brotes de fresca hierba que nacen en mi alma y volviendo siempre con júbilo por ser una criatura tuya nueva.
¡Qué bello es tu amor! Nada hay comparable en este mundo. Ni los tesoros más grandes, ni los fulgores del sol se asemejan a tu hermosura. Cuando te contemplo querido Padre, mi alma está a punto de romperse toda ella, al no caber en mí, tanto amor, pues pequeño soy ante tan enorme calidez.
Quisiera plasmar para el mundo, la grandeza de tu llegada sabiendo que tu Madre María y tu Padre José te traen a nosotros felices y radiantes por obra y gracia del Dulce Amador acogido en la tierra con la inmensidad de los cielos, cual bello manto divino impregnado de paz y sabiduría, para esperanza de toda la gente.
¡Gloria a Dios por siempre! Tú que nos amas por encima de todas las cosas y para que seamos testigos de tu bondad infinita.
Siempre que miramos fuera de Ti, no hallamos, porque fuera de Ti, no hay sentido ni forma.
Portador del amor y con el legado más preciado que jamás hubiese tenido, nos abres las puertas hacia tu Padre amado. ¡Gracias Padre amado, por haberme regalado el don de la vida. Por hacerme a tu imagen, partiendo de Ti, y viviendo para Ti porque en mi pequeñez puedo comprender tu misericordia con nosotros.
Si mil veces la vida me dieras en esta tierra de tránsito, el tiempo me faltaría en agradecerte todo lo grande que me has dado.
¡Gracias, querido Señor, por haberte hecho niño en aquel pesebre pobre entre los pobres; y siendo acunado por la llena de Gracia, Tu madre y también la nuestra.
Se inunda de alegría mí ser de nuevo, como si volviera a empezar. Cosa bella y extraña, querido Dios al renacer en mí esta alegría que no cesa. Abundantes son tus fuentes, para el goce de quién las disfruta.
Gracias por tenerme a Tu cuidado. Por hacer latir mi corazón con ese amor que me inspiras.
Aguardamos siempre el regalo que nos traes, Divino Presente y para no impacientarnos, con amor en nuestros corazones te decimos...ven Señor, que te esperamos.
(El Nacimiento, de Murillo)
*Artículo relacionado:De nuevo Navidad, Querido Niño
*Muchas Gracias Tito por tu colaboración.


















